El fin de la Fundació Rubió

No creo que el alquiler de Mongofra al empresario Dimitri Sturdza represente el final de la Fundació Rubió. Y es posible, en cambio, que permita obtener recursos para cumplir su fin, el apoyo a la cultura y a la formación, en lo que hasta ahora los frutos han sido escasos.

La polémica permanente en el seno de la Fundació entre patronos y familia del mecenas  se centra en Mongofra, la finca que ahora se ha decidido alquiler por 120.000 euros al año durante tres décadas que pueden prorrogarse con otras tres. Sin embargo, más importante que el destino de esta bella propiedad es que se cumplan los objetivos para los que se creó la entidad, destinada a ser promotora de cultura y que hasta ahora ha tenido escaso peso social.

Desprenderse de Mongofra con un alquiler es una decisión inteligente de la junta de patronos que preside ahora Albert Moragues. Lo que dice el refrán «morta la cuca, mort el verí» puede cumplirse en este caso. Y si patronos y familia dejan de pelearse por el uso de Mongofra, la Fundació, con más dinero, tiene la oportunidad de demostrar para qué puede servir.

Lo que sí se ha demostrado ahora es que el anterior presidente Josep Maria Quintana no tenía el monopolio de la crítica acérrima de la familia Rubió. Y que el problema se ha centrado siempre en cómo hacer compatibles los derechos que la familia reclama y el fin social de la Fundació.

Mercè Rubió anuncia otra demanda en el Juzgado, la primera con Moragues de presidente, el hombre que llegó con la misión de dar salida a la entidad, de una forma más pacífica. Sin embargo, el primer proyecto importante, el alquiler de Mongofra, ya ha topado con la oposición de siempre. Habrá que pensar que si no cambian las dinámicas que al menos mejoren los resultados.

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