Democracia imperfecta

El tópico asegura que «el pueblo nunca se equivoca». Sin embargo es cierto que la historia aporta muchos ejemplos que pueden hacer pensar lo contrario. Realmente Hitler no ganó las elecciones de 1932 (30,1% en marzo y un 36,8% en la segunda vuelta de abril), sin embargo el 30 de enero de 1933, el presidente reelegido Hindenburg le nombró canciller. Después convocó otras elecciones parlamentarias y las ganó, lejos de la mayoría absoluta (43’9%).

Los británicos decidieron el jueves abandonar la Unión Europea. En este caso lo hicieron en contra de la opinión de sus principales líderes políticos. ¿Se equivocan? En Francia, Marine Le Pen, del Frente Nacional, defiende la idea de celebrar un referéndum como el británico en su país.

La causa principal de los votos rebeldes de los ciudadanos son la consecuencia del enfado, la insatisfacción con el sistema estable de los partidos tradicionales, que en muchos casos gobiernan sin responder a las principales necesidades de la gente, que suelen ser económicas.

Eso lleva a dos peligros inminentes. El primero es el del populismo, de quienes quieren ser la bota que dé una patada a los partidos históricos y cuya política de eslóganes y catálogos sea todavía un proyecto de laboratorio. El otro riesgo es el ascenso de la extrema derecha, la que ya no tiene reparos en desmarcarse de lo políticamente correcto y prometer una vida mejor «para los nuestros» a costa de las víctimas de la injusticia, de la guerra y la pobreza. Es la nueva-vieja cara del fascismo, el que ellos llaman «bueno», el que pretende «el gobierno de los mejores». Ambos movimientos cuestionan en el fondo, por su visión sectaria, esta democracia imperfecta que hemos construido.

Los líderes políticos deben estar más cerca de las personas. En un debate es mejor mostrar una foto de alguien, vivo o muerto, que una estadística para aplaudir los méritos propios o destacar los errores del adversario.

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