Ser radical no es tan malo

Cuando nació «El País», en mayo del 76, hace cuarenta años, se le definió como un diario liberal. Entonces significaba que era de centro izquierda. El tiempo ha hecho que hoy la palabra liberal se asocie al centro derecha. Y no porque el periódico de referencia de la Transición haya hecho -según algunos nostálgicos- ese recorrido ideológico, sino porque las palabras cambian de significado con el paso del tiempo, del mismo modo que las personas reforman las ideas por el peso de la edad.

Es casi gracioso ver los intentos para colgar etiquetas, como la de comunista, radical o extremista. Por ejemplo, la estrategia electoral del PP pasa por obviar que Pedro Sánchez se presenta a las elecciones, y presentar a los electores el dilema entre el extremismo más radical y la sensatez de un partido moderado con experiencia.

La etiqueta de radical no me parece ofensiva, incluso creo que si uno no es radical en lo que cree, vale más que ponga Telecinco. Radical, según la RAE, significa «perteneciente o relativo a la raíz»; «fundamental o esencial»; «total o completo». Además de «extremoso, tajante, intransigente».  A Podemos, lejos de molestarle, seguramente se siente cómodo con la etiqueta y agradece a los populares que lo muestren en el plasma como su adversario real.

Sin embargo, Podemos no cumple todas las definiciones de radical.  Le falta dejar de sentar cátedra y de representar la escena del profesor que examina a los alumnos y nunca a si mismo, y aportar coherencia a la voluntad del cambio.

Hoy la novedad dura poco, se gasta rápido. Por eso habría que pedir a los partidos que fueran radicales, que fueran a las raíces de los problemas, a lo fundamental y esencial, a una visión completa de lo que preocupa a los ciudadanos, con menos intransigencia.

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