Ciencia que se va y nunca vuelve

En Menorca, da la sensación de que nos hemos acostumbrado a lo pequeño y no aspiramos a grandes cosas. Las grandes inversiones tienen mala prensa, nos parecen un gasto excesivo. Los parques eólicos demasiado altos. En los puertos nuevos las dimensiones mínimas son directamente proporcionales al apoyo político. Nos gusta más un pequeño y coqueto hotel rural que un complejo turístico de ocio. Y además solemos proclamar la incompatibilidad de las ideas. La imaginación debe ajustarse a los parámetros socialmente admisibles.

Menorca puede presumir de grandes científicos, la mayoría profesores, en una tradición que encabezaría el doctor Mateu Orfila. Los de hoy se llaman Benjamín Carreras, Ildefonso Hernández, Manuel Elices, Guillem Anglada, entre otros muchos, y ahora Alicia Sintes. Son personas que nunca han dejado de crecer en lo intelectual y que tienen, como característica común, que viven fuera de la Isla. Seguramente, como hipótesis, si uno siembra sus raíces en tierra rodeada por agua salada nunca llega a su altura óptima.

El conocimiento es un tesoro que no tiene precio. La suma de los conocimientos individuales es una riqueza incalculable para cualquier sociedad y territorio.

Algunos pioneros, aprovechando las nuevas tecnologías, que no entienden de fronteras marítimas, intentan que la Isla sea capaz de atraer a personas con una formación que les permite innovar. Casi siempre se trata de propuestas en el ámbito económico. Todo es economía.

Si el Govern se plantea ahora crear una Facultad de Medicina en Palma, con un coste de funcionamiento de más de 3 millones al año, ¿no sería posible que el Lazareto fuera el eje de un proyecto para que las personas que se forman en el mundo científico vieran en Menorca un destino ideal para sembrar y crecer?

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