Los buenos principios

Cuando hace años se firmaba un contrato encajando las manos, ya se hablaba de los buenos principios. Era cuando las cosas se hacían porque nacían de lo más profundo del corazón y cuando nadie miraba, sin esperar el reconocimiento de nadie. Incluso la concesión de un premio por una hazaña podía ser poco respetuoso, desmerecedor.

Me ha impactado la historia de Nicholas Witon, un británico que en 1939 salvó a 669 niños judíos del riesgo de morir a manos de los nazis en Praga. Allí se quedó, sin embargo, el último tren que no consiguió que saliera de la estación y de cuyos ocupantes nunca más se supo. Ha muerto hace pocos días a los 106 años. Su historia tiene similitudes con la de Schindler, pero con una diferencia esencial: de él no solo no se ha hecho una película sino que hasta finales de los 80 nadie sabía lo que había hecho, ni su mujer. Fue ésta quien encontró en el desván una lista con algunos de los nombres de los niños que salvó. Entonces la historia trascendió. Un día le invitaron a un plató de televisión, con público. Él no se atribuía méritos por lo que hizo, pero el presentador pidió a los presentes que si había alguien al que Witon hubiese salvador la vida durante la segunda guerra mundial que se pusiera de pie. Se levantaron todos los que ocupaban el estudio.

Las hazañas nos emocionan, pero lo que realmente resulta extraordinario es que Nicholas Witon no contara a nadie lo que hizo, porque lo consideraba una consecuencia normal del ejercicio de sus principios. En sus explicaciones, se refiere a “la bondad activa”.  Siguiendo su reflexión, el mundo está lleno, llenísimo, de personas buenas, de buena gente, que no hace nada por cambiar las cosas. Por eso resulta especialmente sugerente comprender que la bondad es un gran motor para la acción. Hoy quizás nos movemos por otros principios. Y además no hay acción que valga la pena que no espere su correspondiente premio. Quizás habría que recuperar el principio de la gratuidad, que no consiste solo en hacer las cosas sin esperar nada a cambio, sino en saber que hay algo en la vida que no tiene precio, que nadie puede comprar.

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