El dique sin fondo

El puerto de Son Blanc es una infraestructura útil desde el día que se inauguró, el 15 de mayo de 2011. El número de pasajeros, el volumen de mercancías y la transformación del puerto histórico lo demuestran. Al día siguiente, quien iba a ser alcalde, José María de Sintas, ya pedía su ampliación. El Govern ha prometido en distintos momentos dos fingers para el embarque, los duques de alba para los cruceros y grandes esloras, e incluso una cinta mecánica para el traslado de las maletas desde la estación hasta los barcos. Nada de nada. La verdad es que aunque la actividad portuaria genera unos ingresos de 2,5 millones de euros al año, el puerto está hipotecado. El Govern ha de pagar 8 millones de euros al año a los bancos entre amortización e intereses para cubrir el coste total de 118 millones de euros, la obra pública más cara de la historia insular. ¿Vamos a tener que esperar a 2032 para que el Govern lleve a cabo alguna de las inversiones que Son Blanc necesita? O peor todavía, ¿debe financiar el coste total con sus ingresos? Esto significaría no gastar un euro en el puerto durante 47 años.

Lo que me sorprende es que nadie se haya tomado en serio la necesidad de explicar cómo es posible que una obra que se adjudicó por 50.246.550 euros a la UTE formada por Ferrovial, Arrom Bibiloni y Pedres Ciutadella haya costado 118 millones.

Que una isla precisa de buenos puertos es una obviedad. Al transporte marítimo no se le ha prestado la atención que merece. Entre otros motivos, porque el de Maó y el de Ciutadella pertenecen a dos administraciones distintas. José Llorca, presidente de Puertos del Estado, cree que el puerto de Maó debe competir para recuperar el tráfico que se ha trasladado a Ciutadella.

Quizás conviene invertir en los dos puertos para que la Isla salga ganando.

 

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