Una tierra sin rey

No puedo evitarlo. Desde que releí «El señor de los anillos» me gustan los héroes. No tanto los invencibles, que al final aburren, sino los que se muestran más humanaos, incluso los que lloran, pierden y se levantan. Para que lleguen a mito precisan de dos cosas, una victoria y una historia.

Ciutadella creía tener un líder, José María de Sintas, y se ha visto que no. Como mínimo no lo va a ser en la vida pública. Sin embargo, su desapego del cargo, que ha demostrado desde mucho antes de anunciar la dimisión, debería incluirse como una lección en el manual del buen político. Cuando muchos se pelean para sentarse en una silla como la suya, él se siente liberado cuando se levanta. El cargo no es mío -parece decir- sino que sirvo en este puesto mientras sea capaz de hacerlo en condiciones. Cuando los sospechosos de corrupción no se van a casa por muchas críticas que reciban en la prensa y en las redes sociales, él lo deja no tanto por la responsabilidad de unos juegos de Es Pla mal organizados, sino por el dolor que siente ante las fatales consecuencias de ello.  Más humano, imposible. Honesto. Una decisión comprensible. Además, reconoce que nadie es imprescindible. Debe ser el primer político que se va sin que nadie se lo pida.

El exceso de drama de esta semana ha permitido a José María de Sintas irse con afecto y entre aplausos. La gente parece reconocerle madera de líder. Incómodo con la política, sensible con los más débiles, sincero y preocupado por su municipio. Hubiera podido afrontar el desafío, con unas gotas de heroicidad, y trabajar para superar el gafe del Ayuntamiento de Ciutadella, que no necesita resolver solo el problema de Es Pla. Tiene muchas otras cuentas pendientes.

José María de Sintas era excaixer senyor. Ahora es exalcalde. La historia se escribe en capítulos. ¿Quién puede asegurar que este sea el último de Chiqui?

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