Fiambres no comestibles

Hay quien prefiere que algo se muera antes de que cambie para sobrevivir. Pasa en las empresas, en los grupos de música, en entidades con o sin ánimo de lucro. El cambio asusta y siempre hay quien piensa que el muerto, después de un tiempo enterrado, deja de oler mal.

El problema es que no todo se puede esconder bajo tierra. Por ejemplo, los edificios que dejan de tener uso y se mueren pero permanecen en la superficie para recordarnos los tiempos en que ellos como nosotros fueron espléndidos o también la incapacidad de quienes debían mantenerlos vivos.

La Solana es un paradigma de este fenómeno. Las casas, como Villa Ofelia, seguirían vivas, si Autoridad Portuaria no hubiera  echado a sus ocupantes, porque, aplicando la ley, ha caducado la concesión en zona pública. Ahora, la mayoría de construcciones se han muerto y otras agonizan. La solución de la Administración es intentar enterrarlas, tapiar las ventanas y puertas. Pero siguen ahí, preguntándose por qué las han condenado a la ruina si podrían seguir dando vida a sus habitantes y una mejor imagen al puerto. La idea de tapiar las casas no pretende ocultar al “homicidio” urbanístico, sino evitar que alguien entre y le caiga el techo sobre su cabeza. Lo mismo que temían los invencibles Astérix y Obélix en su irreductible aldea gala.

Dicen que alguien, en una noche de bochorno estival, puede soñar en que las casas de “vorera” se hundan cual víctimas de un tsunami y se recupere el paseo natural por la costa. Volver al pasado. Otros están intentando que vuelva la vida a las casas abandonadas por orden de la autoridad. Las respuestas deberían llegar cuando todavía queda alguien haciendo preguntas.

Leave a Reply