Culpable, pero sin querer

No veo a uno solo de los cientos de imputados por casos de corrupción que muestre el más mínimo síntoma de culpabilidad o de arrepentimiento. Incluso la mayoría se sienten víctimas, mantienen la mirada desafiante, y se sumergen en el torbellino de la cobertura mediática, que convierte una comparecencia ante el juez en un “reality” de Tele 5.

La culpabilidad no es algo que determine una sentencia judicial. La policía busca las pruebas, el fiscal las presenta y acusa y el juez impone la condena, pero el imputado sabe perfectamente si es culpable o no. A menudo se sorprende de que le quieran condenar por “hacer negocio” al estilo de moda, la forma “normal” de ganar dinero, aprovechando las relaciones y buscando la plusvalía exagerada. Es la cultura de la especulación, la que “ha creado riqueza” y ha ayudado a mostrar este irreal cielo paralelo del estado del bienestar, que ahora está en fase de derrumbe.

El problema de sentirse culpable y después arrepentirse va relacionado con la responsabilidad. Esa es la libertad, la capacidad de poder ser responsable de tus propias decisiones. Falla la ética, pero el relativismo más que moral es de responsabilidad.  Hoy es frecuente ver a políticos y sindicalistas que toman decisiones de las que después no se sienten responsables. Lo he hecho porque defiendo esto o aquello y sobre todo porque estoy en contra de éste o del otro, pero si al final la cosa sale mal, entonces el culpable es un cargo vacante.

Hoy, si tuviera que hacer dos grupos, separaría los responsables de los irresponsables. Los primeros no se preocupan de sus propios intereses, sino del bien del conjunto, de que exista un futuro mejor y toman decisiones con este objetivo. Los otros, provocan el daño y esconden la mano. Lamentable.

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