Revoluciones imposibles (o casi)

Las revoluciones parecen cuestión de los libros de historia. Se han hecho, generalmente pasando por la piedra a los instalados en el poder. Incluso la no violenta de Gandhi dejó muertos por el camino. Las revoluciones se ven del color con que se miran antes o después de que se escriba la historia. ¿Es posible descubrir movimientos revolucionarios en las páginas de los periódicos de estos días?.

LOS ‘INDIGNADOS’,  o la ‘Spanishrevolution’ exhiben este cartel: “Hemos sido hijos de la comodidad pero no seremos padres del conformismo”. Pues ahí está una actitud revolucionaria. Primero por reconocer lo que somos, cómodos, y después por la intención de ser padres, un reto en si mismo, y además educar en el inconformismo, lo que tendría que introducirse en todas las escuelas como asignatura obligatoria, con la intención de que no desaparezca la especie natural de la juventud, en la que se depositan las esperanzas de toda una generación de “boy-scouts”. Los ‘indignados’ saben de dónde vienen pero no adónde van. Por eso no aparecen líderes, sino asambleas de descontentos, con motivos y argumentos de peso. Ellos sacuden a la democracia y escandalizan cuando se muestran agresivos contra los electos, mientras la democracia, el sistema, les sacude a ellos con el paro, las hipotecas, los trabajos indignos, los estudios impracticables. El problema es que la indignación se reduce, por cansancio, se margina, por estilo de vida, y se instala, en una vía pública que han de compartir con los comerciantes y los vecinos. ¿Cuál es el futuro de esa energía indignada?. Pues transformarse, porque ni se creó, ya estaba allí agazapada, ni va a destruirse. ¿En qué se transformará? Ojalá sea en compromiso, enriqueciendo las miles de asociaciones y colectivos de gente buena, que desde hace años lucha por ayudar a una persona y así hacer este mundo un poco mejor. Ellos son los revolucionarios, los que dejan el “yo” en casa y trabajan por “nosotros”. (Es, más o menos, lo que apunta Hessel, el “abuelo” espiritual de la indignación).

LOS POLÍTICOS representan el sistema, lo que se llama el ‘establishment’, del que, por definición, no pueden surgir movimientos ni tan solo ideas revolucionarias. ¿Contra quién irían dirigidas?. Sin embargo está todo como un revuelto de tortilla, donde es ya imposible separar los ingredientes. La especulación financiera y la codicia del ladrillo nos han empujado a la operación rescate y a las medidas de “ajuste”, a las “reformas”, a la supresión generalizada del bienestar, dejando en mal estado a muchos ciudadanos trabajadores o con aspiraciones de serlo. Y eso hunde a la socialdemocracia, antes izquierda, y lanza a los populares al estrellato electoral. Y así aparece un hombre de Marratxí, hecho a sí mismo, como un Obama mallorquín. José Ramón Bauzá va más allá de la promesa de hacer lo contrario de lo que se ha convertido en habitual en política. Ante el asombro de sus mismos parroquianos exige una austeridad franciscana y hace firmar un documento a sus altos cargos como certificado de honestidad, que si se incumple, a la calle. Además agradece a su adversario político, Francesc Antich, que ya tiene las maletas para descansar en el Senado, el trabajo que ha realizado. Hace que los populares aplaudan al socialista -inédito- y además está dispuesto a que les vean juntos en la capital, en defensa de la periferia. No está mal esta declaración de intenciones, casi revolucionarias. De todas formas, y sin ánimo de incordiar, Obama también prometió cerrar Guantánamo. Bauzá ha nombrado a su equipo de siete consellers, la mitad que el Pacte hace cuatro años. Ha puesto en la balanza dos pesos. El de los político-técnicos, de “perfil bajo”, como suelen decir de Mariano Rajoy, como el profesor Pep Ignasi Aguiló (demasiado bueno para reformas duras); Rafel Bosch (un director de colegio donde el consenso se impone) o el mismo Simón Gornés (un arqueólogo trabajador y fiel). En el otro plato, los duros de roer, Carlos Delgado (ambicioso alcalde del municipio más turístico); Antoni Gómez (cerebro de la exitosa campaña electoral) y Gabriel Company (el azote agrario del Pacte y de Tuni Allès), que además del campo, gestionará lo que hay debajo, el territorio. Si Bauzá, como director de orquesta, consigue que no desafinen y además mejoran las expectativas económicas e impide la corrupción, ¿no tendrá algo de revolucionario?, como Brubaker  (con Robert Redford, 1980) en la reforma carcelaria cuando Obama y los suyos no tenían derecho ni a soñar.

LOS FISCALES parecen encabezar también su propia revolución, la del hilo del laberinto. Van tirando de la madeja y nunca se termina. Detrás de una declaración de un testigo o de un imputado se esconde una pieza separada de un caso principal de corrupción. La caza ha sido fructífera. Si no fuera porque es selectiva o incompleta, llegaría a recuperar confianza. En algunos bares todavía cuelga un cartel donde está escrito: “Hoy no se fía, mañana sí”. El letrero, antes oscurecido por el humo del tabaco, no cambia nunca, y por tanto los pagos siguen siendo al contado. Por eso la confianza que se pretende no es solo para recuperar la categoría de consumidores por el bien de la economía, sino la que necesitan obtener los políticos, los jueces, los indignados y también los periodistas. Es la confianza de la contrarrevolución. El antídoto. La verdadera reforma.

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